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Vino en el Apocalipsis

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Vino en el Apocalipsis: esplendor de Babilonia y también ira divina

Vino en el Apocalipsis. El último de los libros del Nuevo Testamento es el del Apocalipsis, también conocido como de las Revelaciones de Jesucristo. Aunque se trata de un libro singular dentro del canon bíblico, en realidad se enclava dentro de un género literario que dio abundantes obras en su entorno geográfico e histórico. Es la Palestina helenizada y romanizada de los siglos I y II, antes y después de Cristo. Se trata de un período convulso para el pueblo judío, de profunda crisis y sometido a dominación ajena. Lo que explica sin duda el éxito de este tipo de obras, que describen las penalidades del momento con el uso de un lenguaje profético. Y también, el recurso abundante de alegorías y metáforas. Ciertamente, éstas son propias de toda la literatura profética, de la que la apocalíptica puede considerarse un epígono y culminación.

Polémica en su autoría

De todos los libros que se pueden asociar al género, sólo uno pasaría al canon cristiano. Y ello, no sin profundas controversias, que sólo se pueden dar por definitivamente zanjadas con el Concilio de Trento del siglo XVI. En cambio, la polémica sobre su autoría y sus significados sigue viva.

En cuanto a la autoría, este Juan autoidentificado en su texto sería, según una tradición cristiana muy antigua, el mismo redactor del cuarto evangelio, y por consiguiente también el apóstol. No obstante, ello parece poco probable, ya que sí hay un cierto consenso en situar su redacción en los tiempos de las persecuciones del emperador Domiciano, a finales del siglo I. Podría ser, más bien, una obra de diversos autores. Si bien, algunos estudiosos han especulado con que se tratara de un colectivo perteneciente a una comunidad fundada por el mismo Juan. Quizás con influencias de la corriente gnóstica que acabaría siendo considerada herética.

Como la mayor parte de las obras de este género, nos ha llegado escrita en griego. Aunque otros apuntan que puede ser una traducción de un texto originalmente escrito en hebreo o armenio.

Este Apocalipsis desarrolla, con una gran carga simbólica que se apoya en el aparato metafórico propio del género, una descripción del fin del mundo y la creación de uno nuevo reservado a los fieles. Como esa Nueva Jerusalén que es habitual en el imaginario del ideario judío de la época, con el advenimiento del mesías redentor.

¿Esplendor pecaminoso de Babilonia o expresión de la ira divina?

Podemos verlo en cuanto hace referencia al vino, que aparece a veces ligado al esplendor pecaminoso de la Babilonia (esto es, Roma o cualquier otro imperio opresor) que será objeto de la destrucción. Así: Y le siguió otro ángel, el segundo, diciendo: ¡Cayó, cayó la gran Babilonia!; la que ha hecho beber a todas las naciones del vino de la pasión de su inmoralidad.

Acto seguido aparece, en cambio, vinculado a la expresión de la ira divina que arrasará esa encarnación del mal: Entonces los siguió otro ángel, el tercero, diciendo a gran voz: Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe una marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino del furor de Dios, que está preparado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y enpresencia del Cordero. O, más adelante: La gran ciudad quedó dividida en tres partes, y las ciudades de las naciones cayeron. Y la gran Babilonia fue recordada delante de Dios para darle el cáliz del vino del furor de su ira.

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Un tercer significado: el vino en el Apocalipsis, símbolo de la riqueza

En alguna ocasión hallamos mencionado el vino, sin embargo, con otro significado que encontramos en el Antiguo Testamento, como símbolo de la riqueza o simplemente la materia prima de la subsistencia. Así, en la narración de la aparición de los famosos cuatro jinetes, los personajes que montan cuatro caballos que se han interpretado comúnmente, como los símbolos de la gran extinción de una buena parte de la Humanidad mediante la Conquista, la Guerra, el Hambre y la Muerte.

En concreto, cuando aparece el caballo negro, asociado a la hambruna, leemos: Y oí una voz de en medio de los cuatro seres vivientes, que decía: «Dos libras de trigo por un denario y seis libras de cebada por un denario, pero no dañes el aceite ni el vino». Se ha interpretado que esta voz, la única que resuena entre los enigmáticos jinetes, se remite a la supervivencia de los ricos que consumen vino y aceite frente a los pobres, más dependientes del cereal. Otros, en cambio, han visto aquí la predicción de la supervivencia exclusiva de aquellos cristianos sujetos al uso sacramental del vino y el aceite.

Profético y poético, términos paronímicos, el texto nos remite al mundo de la ambigüedad y de la deliberada imprecisión en el uso del lenguaje. Si esto puede ser entendido como una falta en algunos géneros literarios, en la poesía, como en la profecía, puede ser sin duda fuente de grandes resultados, como es el caso de este libro cuyo eco y vigencia se mantienen intactos, y así se manifiesta en las infinitas recreaciones artísticas que ha inspirado y continúa inspirando. El vino en el Apocalipsis, siempre está presente.

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