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Vino y novela picaresca

Vino y novela picaresca

Vino y novela picaresca, copa de vino y libro | Wine & Grapes News

Vino y novela picaresca en la literatura española en el Siglo de Oro

Vino y novela picaresca. Siguiendo con el recorrido por los ejemplos de literatura de contenido satírico y paródico que ya comentamos en los últimos artículos, adentrándonos en el siglo XVI, encontramos diversas obras que los estudiosos han venido a clasificar como un subgénero llamado novela picaresca. Es una categoría novelesca que se da, sobre todo, en la literatura española, y se produce en ese momento en que Castilla es un verdadero imperio que abarca todos los meridianos del planeta (“donde no se pone el sol”, según la frase atribuida a Felipe II), y que se extiende al llamado Siglo de Oro, en pleno siglo XVII. Allí los vestigios de la decadencia imperial alimentan de nuevo el tratamiento burlesco de la sociedad. No obstante, encontramos ejemplos contemporáneos ilustres en otras literaturas.

La novela picaresca se reconoce en general por su lenguaje conciso y llano, por su mirada crítica, distanciada desde una ironía que encubre un aspecto moral paralelo a un cierto escepticismo sobre la condición humana. Suele tratarse de una narración en -falsa o no- primera persona, de cariz autobiográfico, de un narrador que se nos presenta como un verdadero antihéroe, que nos relata con crudeza sus peripecias vitales en un entorno vital duro y hostil. De ahí la galería de personajes marginales, mendigos, vagabundos, “buscones”, en definitiva, los pícaros que sobreviven a golpes de ingenio y escasez de escrúpulos.

Fuente: Daria Volkovaf

La vida del Lazarillo de Tormes

Entre las obras más representativas cabe mencionar “La vida del Lazarillo de Tormes”. Una novela anónima aparecida en 1554, que fue inmediatamente prohibida por la Inquisición, y que sería objeto de una segunda parte poco después. Otra destacad fue “Guzmán de Alfarache”, novela de Mateo Alemán publicada en 1599, y que también tendría continuación en una segunda parte. Entre otras, también podemos mencionar “La hija de la Celestina”, de Alonso Jerónimo de Salas de Barbadillo, de 1612, que rinde homenaje a un precedente como la obra de Fernando de Rojas. En Wine & Grapes ya hablamos en este otro artículo.

Francisco de Quevedo y Miguel de Cervantes

Por supuesto, hay que referirse también a obras de dos de los grandes maestros de la literatura española, Francisco de Quevedo, con “La vida del buscón llamado don Pablos”, su única novela (publicada en 1626 pero seguramente escrita años antes), y el mismo Cervantes, que tiene en “Rinconete y Cortadillo”, una de sus “Novelas Ejemplares” (1613), una incursión en el subgénero.

Obra cumbre de la novela picaresca

El “Lazarillo” es, no solamente la primera, sino probablemente una de las cumbres de la novela picaresca. De estructura más compleja de lo que parece, escrita en forma epistolar, sigue las andanzas del huérfano de padre que es puesto por su madre al servicio de un ciego. Antes, Lázaro ya nos cuenta como un pretendiente de su madre traía a la casa “pan y pedazos de carne”, y también vino, por supuesto, al que el niño se acostumbra ya a edad temprana y se confiesa “hecho” a él.

Con el ciego pasa verdadera hambre, y de ahí nace uno de los más célebres episodios, cuando le sustrae, con un ardid ingenioso, el vino de la jarra que su amo no quiere compartir con él. Posteriormente el ciego golpea y hiere a Lazarillo con la misma jarra, y para curarlo usa el mismo vino, diciendo “lo que te enfermó, te sana y da salud”. Entra al servicio de un alguacil más tarde, en Toledo, donde se encargará de pregonar los vinos que se venden en la ciudad. Queda claro que el vino sigue siendo un producto de consumo básico. De hecho, la producción aumentaría en gran medida, aunque no exactamente su calidad, y abundaría su adulteración.

Fuente: Olia Nayda

El licenciado Vidriera

Cervantes es un buen comentador del vino, y en su obra “El licenciado Vidriera” -otra de sus “Novelas Ejemplares”- enumera alguna de las mejores “denominaciones de origen” de la época, “Madrigal, Coca, Alaejos, y a la Imperial más que Real Ciudad, recámara del Dios de la risa; ofreció Esquivias, a Alanis, a Cazalla, Guadalcanal, a la Membrilla, sin que se olvidase de Rivadavia y de Descargamaría”.

Rinconete y Cortadillo

También “Rinconete y Cortadillo”, dos chavales de apenas quince años, por supuesto se las ingeniarán para beber vino. Como, por ejemplo, en su visita a Sevilla, donde “se manifestó una bota a modo de cuero, con hasta dos arrobas de vino, y un corcho que podía caber sosegadamente y sin apremio hasta una azumbre”, del que juzgan ser de procedencia, “de Guadalcanal”, porque “aún tiene un es no es de yeso el señorico” y el cual no puede sentar mal porque “es trasañejo”.

El ”Buscón”

Quevedo narra con detalle en su “Buscón”, en el libro III que se ambienta en la ciudad de la Corte en ese momento, Toledo, la miserable comida que se sirve en la mesa del llamado Dómine Cabra. Allí le dan de beber “un vaso de agua”, cosa que destaca la ausencia del vino, todo un síntoma de la pobreza disimulada con alusiones a la salud y a las virtudes de una dieta donde aparecen “garbanzos huérfanos”, “Nabos hay, no hay perdiz que se la iguale”, “un poco de carnero, que entre lo que se le pegó a las uñas y a los dientes, pienso que se consumió todo”.

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Fuente: Ergita Sela

La vida y hechos de Estabanillo González

Aunque no sea una de las más conocidas, “La vida y hechos de Estebanillo González”, de autoría discutida, es quizás la que más menciones hace al vino dentro de nuestro subgénero. Publicada en Amberes en 1646, es así quizás la última gran pieza de la novela picaresca. El libro sigue, como es norma, en el subgénero, las andanzas de su protagonista y narrador, y el entorno geográfico aquí es el de la Europa de la Guerra de los Treinta Años.

Ya en su prólogo en verso, este prototípico pícaro se dirige al lector (“…pío como pollo/ o piadoso como Eneas,/ o caro como el buen vino,/ o barato como cerveza”), para presentar los múltiples oficios que ha desempeñado en su agitada y turbulenta vida, y ocupaciones que le han hecho “mosquito de todos vinos,/ mono de  todas tabernas,/ raposa de las cantinas,/ cuervo de todas las mesas”.

Las bondades del vino

Por citar alguna de las alusiones a la bondad del vino, detengámonos con él en ese “pedazo de cielo” que encuentra cerca de Roma. Se trata de un convento de capuchinos que tiene por costumbre visitar por cuanto le “ponían bien con Cristo con lindas tazas de Jesús de buen vino y con muy espléndida pitanza”. Desafortunadamente, un incidente con un mendigo con el que disputa su puesto en la cola le obliga a ponerse de nuevo en camino.

Como tantos otros audaces transeúntes, que se pasean por esa geografía devastada donde ganarse la supervivencia, no deja espacio al escrúpulo, esos pícaros que en el vino encontrarán no poco de consuelo a la miseria cotidiana. Y tratando así de hacer buena la bendición del ciego a Lazarillo: “Yo te digo que, si un hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, que serás tú”, una frase que puede servir bien como divisa de la relación entre vino y novela picaresca.

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